martes, 13 de agosto de 2013

a veces, no es ni necesario preguntar a la persona que tiene a tu lado si necesita que le ayude

Durante la última cuaresma, me acerque a la Casa Hermandad de mi cofradía, un día en la que se tenía previsto una reunión con el Grupo Joven al que formo,

Como era habitual en estas fechas, la Casa Hermandad era un hervidero de actividades: se podía ver unas cuantas personas moviendo objetos de orfebrería de un lado para otro, limpiando otros utensilios típico de las procesiones, repartiendo las túnicas de nazareno a aquellas personas que quería formar parte del cortejo procesional.

Al acercarme a la fachada de la Casa, vi a Diego limpiando cuatro faroles de las procesiones. Me acerque a él y le salude:
  • ¡Hola Diego!, ¿Qué tal va todo?
  • Buenas tardes Pedro – Respondió mi saludo, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo. - Limpiando esto un poco – Añadio - ¿Tú como lo llevas todo?
  • Bien, bien. - Respondí, mientras observaba con interes todo lo que estaba haciendo Diego. - Vengo porque hay una reunión del Grupo Joven, ¿Sabes si ha venido alguien más del Grupo? - Pregunte mientras miraba el interior de la Casa Hermandad desde fuera, ya que dicho local se encontraba abarrotada de gente que esperaba a probarse sus túnicas.
  • Que vá – Respondio Diego mientras se secaba el sudor de la frente con la ayuda del brazo. - Tú eres el único del Grupo que anda por aquí ahora mismo.
  • Ah bien, bien – Respondí con aire pensantivo, mientras miraba mi reloj – Bueno, creo que aún es temprano. Mientras espero... - Pregunte: - ¿Puedo ayudarte?
  • ¡Oh, no hace falta! - Dijo aún sin levantar la vista de lo que estaba haciendo. - Me queda ya poco por terminar. No hace falta, yo puedo terminar – Dijo al observar que iva a insister en ayudarrle, ese era un momento en el que levanto la vista de sus quehaceres.

Al finalizar la conversación, me quede un momento allí observando lo que hacía Diego y observando el pasar de la gente por el lugar.

Paso los minutos, aproximadamente 15 minutos, sin ver a nadie de la Hermandad, y mucho menos a nadie más de mi Grupo, Diego aún seguía ocupado con la limpieza de objetos procesionales. Cuando vi acercarse a Andrés, un chico más o menos de mi edad que pertenece al Grupo, nos saludo a Diego y a mí con unos sendos apretones de mano. Miro lo que estaba haciendo su hermano, no precisamente de sangre, y, como si lo hiciese durante toda su vida, cogio un vaso de plástico que había alli y una brocha e inicio la limpieza de los objetos, tal y como veia hacer a Diego, e inicio una charla animada con su compañero de limpieza.

Como diría una amiga: no hace falta ni preguntar lo que hay que hacer o si necesita que lo ayuden. Si ves que una persona carga con un motón de cosas, ayúdale con su tarea y no espere a que te pida ayuda.

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